Coleccionistas de derrotas


Por Mariano Rovatti

Frente al avance de las propuestas liberales y conservadoras en el mundo -aun las de contenido autoritario- la respuesta progresista muestra falencias en la búsqueda de representación de los pueblos.

Si bien aún no es definitiva, la de Lula Da Silva es una cuenta más de un collar de derrotas de la llamada izquierda latinoamericana. Encuadramos en este concepto a todos los movimientos y partidos del continente, que con sus matices sostienen valores como la igualdad de género y raza, la inclusión social, el Estado presente, la regulación de la economía y la distribución de la riqueza, entre otros.

El mundo en general, y América Latina en particular vive hoy un período de esplendor para las llamadas derechas –nacionalista, conservadora o liberal- que con sus matices avanza electoralmente en el continente, para gozar de una mayoría casi hegemónica, desde el río Bravo para acá.

Las transformaciones estructurales que se dan en el mundo en lo cultural, lo productivo, lo laboral y lo social, fruto del desarrollo de las redes y la inteligencia artificial parecen ser más comprendidas por las derechas que por las  izquierdas. Hasta podría decirse que el crecimiento de las derechas es causa y efecto a la vez del fenómeno tecnológico-productivo. El mundo dominado por las nuevas tecnologías –lejos de democratizar el conocimiento y con él, el poder de decisión sobre los rumbos de la humanidad- genera una concentración de poder económico y político cada vez más brutal, en donde las instituciones –y con ellas la política- pasan a ser considerados como obstáculos para el desarrollo.

Por ello, es que las derechas han comprendido mejor, y por lo tanto logran aprovechar más, las herramientas de este nuevo mundo, mientras las izquierdas aún no salieron de su estupor frente a la transformación profunda dada en  el mundo en menos de una década.

También las derechas parecen comprender mejor cómo funciona el poder. Lejos de cualquier idealismo, se manejan mejor con la política real, la lucha de intereses y los medios para lograr los objetivos, en especial, la conquista y acumulación de ese poder.

Las respuestas del progresismo no van más allá de expresiones nostálgicas, cayendo en la paradoja de pensar –a pesar de su naturaleza progre- que todo tiempo pasado fue mejor. Las transformaciones que están sucediendo convierten a la izquierda en conservadora, y a la derecha en impulsora de cambios.

También se verifica que el progresismo se autopercibe como dueño exclusivo de las virtudes morales, individuales y colectivas, que son necesarias para la vida en comunidad, colocándose en un púlpito de superioridad, propio de ámbitos eclesiales que desprecian. Acusan a los referentes de las derechas, de ser crueles, inhumanos, embrutecidos y terraplanistas. Aunque no falte razón para calificarlos así, éstos se matan de risa y siguen adelante.


Otro punto interesante es que el progresismo no cuestiona el carácter dependiente de la economía latinoamericana, admitiendo como postulados incuestionables a no pocas presuntas verdades ortodoxas (por ejemplo, que la inflación es un fenómeno monetario). Rara vez, los economistas de centroizquierda de la región hablan de la necesidad de promover el  desarrollo industrial autónomo d sus naciones.

En América Latina, estas transformaciones han derivado en procesos electorales de una gran paridad y polarización. En cada elección, se manipula a las masas para que las vivan como un salto al vacío, a la vez que aumenta la apatía electoral. Así, cada comicio se define por un par de puntos porcentuales, quitándole a cada victoria una dosis considerable de legitimidad.

El capítulo argentino

Nuestro país ha dejado de ser una excepción, y se ha mimetizado cada vez más con el resto del continente. Desde mediados de la década de los ’10, las ideas de centroizquierda han entrado en crisis, perdiendo anclaje en la sociedad, sobre todo en los estratos sociales que en teoría, le resultaban más favorables. Creció la percepción social –sobre todo entre los trabajadores más humildes- que el sistema creado por el Estado de bienestar no les resuelve los problemas.

En 2017, hicimos un análisis sobre cómo estaban evolucionando las corrientes políticas en Argentina (VER ACÁ)

Esa mirada sólo se modificó en los apellidos, y en las intensidades. Apareció Javier Milei, y con él formas nuevas de conducir políticamente, pero en esencia los dos modelos siguen siendo los mismos.

En términos comparativos con su antagonista, al peronismo le tocó ser el ala izquierda, aunque no lo sea en términos estrictamente ideológicos.  Si leemos al Gral. Perón, el justicialismo es un nacionalismo popular y democrático, con fuerte influencia de la tradición federal y la Doctrina Social de la Iglesia.

Pero como explicamos en el artículo citado, se impuso el ala de centroizquierda, generándose en los últimos años, una tendencia a retraerse ideológica y territorialmente. Con fuerte base en el conurbano bonaerense, el justicialismo ha ido ciñiendo su fajo de ideas-fuerza a nociones tales como el Estado presente, o  la igualdad de género, por ejemplo. Buenas ideas, pero no alcanzan.

Si el peronismo persiste en su tendencia a mimetizarse con los partidos de izquierda de la región, seguirá su misma suerte. Desde que Cristina Fernández-Kirchner lidera el espacio –año 2010, con la muerte de Néstor Kirchner- el mismo ha participado de ocho elecciones nacionales, perdiendo seis y ganando sólo dos. Desde 1946 hasta 2009, el peronismo había sido un movimiento esencialmente ganador y representativo de las mayorías.

Atahualpa Yupanqui sostenía que para saber hacia dónde vamos, primero debemos entender de dónde venimos. No como un ejercicio de nostalgia, sino como una brújula indispensable para caminar hacia el futuro sin perder la identidad.

La identidad peronista está en su doctrina, entendida como una serie de premisas básicas, no como un programa de gobierno. Con base en el concepto de comunidad organizada, el justicialismo tiene como ejes ideológicos la justicia social, la soberanía política y la independencia económica. Qué significa cada concepto hoy, puede ser objeto de interpretaciones diversas y continuas actualizaciones.

En todos los casos, para aproximarse a esa idea, es necesario volver a la senda del crecimiento económico. Desde 1946, los únicos gobiernos que tuvieron procesos de desarrollo sostenidos fueron los de Juan D. Perón (1946-1955, 45% del PBI); Carlos S. Menem (1989-1999, 39,8% del PBI) y Néstor Kirchner (2003-2007, 34,9% del PBI). Ver detalle. 

Sin crecimiento económico no hay nada. El estado presente se agota, los derechos se vuelven ilusorios, el salario y el empleo caen, y el país es cada vez más dependiente.

Desde 2011 para acá (Cristina-Macri-Alberto-Milei) el PBI está estancado, con leves oscilaciones hacia arriba y hacia abajo, pero básicamente la torta económica es la misma, para repartir entre más gente.

Del progresismo pueden tomarse varios aportes, como nuevos derechos del siglo XXI: la preservación del medio ambiente, la perspectiva de género y la inclusión de las personas con discapacidad. Del liberalismo, el orden financiero, los superávit comercial y fiscal y la emisión controlada de moneda.

En la Argentina, el antagonista real del modelo de Javier Milei es el peronismo, y no la izquierda. Si el peronismo retoma su doctrina, y le suma los conceptos que vimos en estos párrafos, será una alternativa ganadora, porque representará a la mayoría de los argentinos, que hoy desaprueba en un 65% la gestión oficialista. Frente a una realidad agobiante, de pérdida de fuentes de trabajo, y salarios insuficientes, sostener la producción y el empleo antes que nada es el estandarte más representativo.

En política, los espacios nunca quedan vacantes. ¿Quién ocupará el de líder de una alternativa real de poder?

Buenos Aires, octubre de 2026

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