Por Mariano Rovatti
Redes sociales y
medios tradicionales nos inundan de opiniones frente a lo sucedido en el
mundial de fútbol que ha finalizado. Intentaremos analizar desde otros puntos
de vista lo que ocurrió en el campo de juego y más allá de sus límites.
El juego y los resultados deportivos
Antes de comenzar el torneo, España y Francia aparecían como
candidatos claros para llevarse la corona. La Argentina, Brasil, Portugal y
Países Bajos, un poco detrás, y Marruecos como posible sorpresa. Ninguno de los
tres anfitriones despertaban mayor curiosidad.
España –con su juego basado en la posesión eterna de la
pelota- y Francia, con su juego directo y contundente, y su estrella Kylian
Mbappé como principal figura, resumían el duelo básico del fútbol: controlar el
balón o controlar el territorio.
Tras la consagración de 2022 -en la que lució un formidable
juego colectivo, además del esplendor de Lionel Messi- Argentina fue decayendo
en su nivel. En la Copa América del 2024, sin lucirse, le alcanzó con la chapa de equipo copero para obtener el
título. Luego siguió un declive general, con la excepción del baile impúdico
sometido a Brasil en las eliminatorias.
Así, el plantel llegó a la Copa del Mundo con más jugadores
lesionados que sanos, que hicieron su rehabilitación a horas de su debut. Pese
a ello, se pasó la primera ronda con holgura, basados en la personalidad del
equipo y en la increíble perfomance de Messi, quien a sus 39 años se convertía
en el mejor jugador del torneo.
Pasaron Cabo Verde, Egipto y Suiza, que no le dieron chance
de relajarse al elenco albiceleste. Dejando aparte el singular partido contra
Inglaterra, Argentina llega a la final con España, que evolucionó durante el
torneo, ganando sin sobresaltos a Uruguay, Austria, Portugal. Bélgica y
Francia.
Los ibéricos sometieron a la Argentina con su dominio
absoluto del balón y del territorio, y el resultado no fue un 3 a 0 en los 90
reglamentarios gracias al descomunal desempeño del arquero Emiliano Martínez.
El gol llegó en el suplementario, gracias a un error compartido de Nahuel
Molina –uno más entre tantos- y Giuliano Simeone, quien perdió la marca de
Ferrán Torres por un súbito problema en su pie.
Pese a todo y a la justa expulsión de Enzo Fernández, pudo
empatarse al final, cuando Argentina se acordó de atacar y patear al arco, con
sendas llegadas de Simeone y Marcos Senesi.
Con todo lo dicho, el subcampeonato del mundo es un logro
enorme para el fútbol argentino. También lo fue para su entrenador Lionel
Scaloni, quien hizo un formidable trabajo general, pero en el torneo en
particular tomó decisiones conservadoras, recurriendo casi siempre a jugadores
que no estaban al 100%.
El partido con Inglaterra merece un capítulo aparte.
Deporte, nación y política
Para la selección argentina –y para toda la población- el partido fue el disputado con
Inglaterra. Junto a Brasil, ése es nuestro clásico. Se mezclan las invasiones
de 1806 y 1807, los combates de la Vuelta de Obligado y Punta Quebracho, la Baring
Brothers, los ferrocarriles, la división internacional del trabajo, la década
infame, la expulsión de Antonio Rattin en Wembley, la batalla de Estudiantes y
Manchester United, la mano de Dios, el gol de siglo…y la invasión a las Islas
Malvinas en 1833 y la guerra de 1982.
Con un primer tiempo en donde ambos si midieron y
maltrataron, Argentina logró prevalecer gracias a su mayor personalidad. En el
segundo tiempo, la superioridad fue futbolística, con aciertos del entrenador,
y errores del adversario, que se tiró excesivamente para atrás, sobre todo
luego del gol inglés, logrado fuera de contexto y gracias a otro error del
lateral derecho argentino.
La remontada concretada en el final, luego de los goles de
Enzo Fernández y Lautaro Martínez, constituyeron el mejor momento argentino en
todo el torneo. Como si no alcanzara con la victoria en esos términos, los
jugadores argentinos exhibieron ante miles de millones de espectadores en el
mundo entero, un trapo hecho a la manera de los setenta, con un simple
recordatorio: las Malvinas son argentinas.
La FIFA prohíbe manifestaciones políticas, siempre y cuando
sean en favor de los pueblos y las naciones oprimidas. Cuando son en su contra,
no pasa nada. En este mundial se detectaron numerosos contradicciones en este
terreno. Hasta llegaron a cambiarle el nombre al estadio mendocino que fue subsede
del mundial juvenil 2023…
Pero la desobediencia argentina –decidida en segundos dentro
del campo de juego- impactó más que años de diplomacia estéril, y la insólita
advertencia del gobierno argentino lanzada un día antes del partido, a través
de su ministra de seguridad, haciendo gala de su arrastrado cipayismo.
Dos días después, el gobierno estadounidense publicó un mapa
de América con el detalle de las Malvinas como parte de la Argentina, y uno de
los principales medios británicos sugirió repensar el tema de la soberanía.
Ahora están proliferando teorías conspirativas, que no
logran sustentarse en cuanto se articulan los primeros razonamientos sobre su
viabilidad. El desarrollo del juego en la final impide sospechar que hubo
arreglo alguno. Además, pensar que este plantel se inmole por Claudio Tapia no
tiene ninguna lógica ni fundamento. Mientras en los medios porteños se
anunciaba la inminente detención de
Tapia en EE.UU., el Chiqui se sacaba
fotos con Donald Trump y Marcos Rubio….
También ha proliferado una ola de acusaciones de racismo
contra la Argentina, lo que ha ofendido a numerosas personas bien pensantes en el país. Quizás con ir
a cualquier cancha argentina y escuchar los cantitos de las hinchadas (sobre
todo si el rival es Boca) alcance para admitir que sí somos un poco racistas.
Pero lo fundamental, es que nuestra principal cara en el
exterior no es otro que el presidente Javier Milei, quien colecciona actitudes
detestables para esta etapa de la evolución humana: racismo, misoginia, intolerancia
ideológica, crueldad….¿Por qué habría que pensarse que somos un pueblo mejor
que quien nos gobierna, si éste fue electo por una mayoría considerable…?
¿Y ahora, qué…?
Messi, el Dibu y
Scaloni ya han expresado su voluntad de dejar la selección argentina. En los
tres casos, parece razonable. Lo han dado y han alcanzado todo lo esperable y
mucho más. La selección argentina no es de ningún futbolista o entrenador, es
del pueblo futbolero argentino. El tiempo es inexorable y la necesidad de
recambio es evidente.
Como primer paso, corresponde una buena despedida a los que
quieran marcharse, en las que el público puede expresar su reconocimiento. La
mega fecha FIFA de septiembre (cuatro partidos) es una excelente ocasión.
Luego, la AFA debe evaluar al futuro cuerpo técnico.
Obviamente que la prioridad la tendría que tener Scaloni, pero no sería
conveniente forzarlo. Es lógico que quiera descansar o probar suerte en algún
club europeo. Y si no es él, pensar en alguno de su actual equipo, como Pablo
Aimar o Walter Samuel, pueden ser opciones válidas. Y si tampoco ellos lo son,
Diego Simeone, o los últimos entrenadores campeones del fútbol argentino (Eduardo
Domínguez, Gustavo Quinteros, Ariel Holan, Ricardo Zielinsky) están en
condiciones de asumir el desafío.
Entre los jugadores, hay una camada que ya debe dejar paso a
otra más joven, pensando en el mundial 2030. El entrenador que asuma deberá
convocar a una selección de mayoría de sub26, para que lleguen al mundial con
un promedio de 30 partidos internacionales cada uno. Hay no menos de 40
futbolistas en condiciones de ser convocados y rendir satisfactoriamente. Con
el tiempo, que vayan volviendo algunos históricos, pero no más de 4 ó 5. Así se
armaron las exitosas selecciones de 1978, 1986 y 2022.
Nadie es imprescindible, ni hay motivo para el apego. La
selección está por encima de cualquier figura. Se fue Maradona, y llegó Messi.
Y ahora, quién lo sabe…
Buenos Aires, 22 de julio de 2026

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